Una tarde memorable

Donde nos llevó la imaginación,
Donde con los ojos cerrados
Se divisan infinitos campos

Antonio Vega, “El sitio de mi recreo”

Es una tarde de perros. El día se ha ido cerrando de forma tan progresiva que casi se confunde con la noche sin serlo. El cielo literalmente cae sobre la arena en forma de lluvia, empujada además por un viento incesante y frío. Es un día hostil, y sin embargo, allí están todos nuestros jóvenes guerreros, embutidos en sus trajes de neopreno la mayor parte de ellos, dispuestos a dejarse el alma en la competición. La verdad, es una escena muy emocionante, porque a todos ellos les diría que lo dejen estar, que no merece la pena, que pueden lesionarse. Pero ahí permanecen: frente a la adversidad, su determinación; frente a la inclemencia de los elementos, su espíritu de lucha. Estoy muy orgulloso y les envidio, porque ya me hubiera gustado ser como ellos a su misma edad.

Por la mañana ha sido el turno de los más pequeños. Los pobres lo han pasado muy mal. Su espíritu de lucha no ha sido suficiente contra la fuerza del mar y de sus olas orilleras, enormes frente a cuerpos tan diminutos, todavía en los albores de su crecimiento. Mi corazón se ha encogido al ver la rabia y las lágrimas en sus caras cada vez que la playa les expulsaba hacia la arena con aquellas tablas tan frágiles e imposibles de dominar. Si existe un Dios y éste es justo, seguro que recompensará a los chicos en un futuro próximo con grandes alegrías en otras competiciones, porque carácter no les falta a ninguno de ellos. Tal vez debido a ese carácter, muchos de los niños han querido quedarse a la tarde para ver cómo compiten los “mayores”, esto es, los chicos que les falta muy poco para poder votar en unas elecciones, pero que son el espejo en el que quieren reflejarse los benjamines. Son dignos de aplauso y tienen todo mi respeto, los unos y los otros, los menores y los no tan mayores.

Después de algunas pruebas, la tarde va empeorando si cabe aún más. Y ahí están todos, dispuestos a la batalla, para afrontar la prueba reina de la jornada, el ocean. Para los neófitos, les diré que la belleza y espectacularidad de dicha prueba está a la altura de su exigencia, al aunar piragua, tabla, nadar y correr. No es apta para todos los deportistas, y sin embargo todos quieren hacerla, porque todos saben el mérito que tiene terminarla. Los socorristas han ido mentalizándose a lo largo de la jornada: unos, los menos preparados, con la duda de si se suspenderá la competición; otros, los más despistados, resguardándose del frío y la lluvia en las carpas de los distintos clubes, haciendo oídos sordos a la llamada a la competición; y otros, los más disciplinados, calzándose los neoprenos a fin de aguantar el frío que ya traduce el castañeo de sus dientes mientras esperan la orden de salida.

La jueza de competición llama a los deportistas a la cámara de salida, y se sorprende ante un hecho a todas luces insólito, dado como está la tarde: allí aparece Jorge en la línea de dicha salida, sin más atuendo que el gorro de competir y una bañador slip. “¿Pero cómo vienes así, alma de Dios?”, le espeta la jueza. Y es que la figura de Jorge destaca entre sus compañeros, todos de negro del neopreno, excepto él, casi desnudo, con una estructura músculo esquelética envidiable, prueba palpable de su condición de deportista, y tan estilizado que me recuerda a los personajes pintados por el Greco, con una sola excepción: el carácter grave de los rostros de los personajes dibujados en los lienzos del genial pintor adoptado en España contrasta con la sonrisa de Jorge, una sonrisa resultado de su carácter afable y desenfadado, pero a poco que indaguemos en ello algo más, también el resultado de su confianza en lo que va a hacer.

Y comienza la prueba. La reunión técnica de la mañana ha determinado el orden de la misma: piragua, tabla y nadar. Las olas que mueren en la orilla, de más de un metro de altura, constituyen una auténtica tortura para los chicos. Los que consiguen sentarse en la piragua antes de que el mar los engulla, chocan entre sí por el efecto de tales olas y caen al agua, teniendo que volver a empezar. Desde la orilla oímos el crujido de las piraguas al golpearse unas con otras, y asistimos impotentes al esfuerzo descomunal de quienes tienen que volver a cabalgar en un mar tan agresivo. Todos lo sufren. Todos, menos Jorge. Su confianza en sí mismo, sólo igualable a su destreza, le ha permitido sortear la primera ola asesina, y se ha deslizado con el ski verde sobre ella tanto al subir como al bajar de la misma, mejor que como se desliza una cortina sobre el riel de su bastidor. Es un momento crucial, muy al principio de la batalla, y él lo sabe, porque acelera en ese instante de ventaja frente a los adversarios para poner mar de por medio. Sortea las boyas a mitad de camino en solitario, y vuelve hacia la orilla impulsado por el mar como hacen los surfistas.

Al llegar próximo a la arena, suelta la pala y salta de la embarcación para correr hacia la cámara de salida. Los espectadores asistimos atónitos a lo que estamos viendo. Algunos competidores siguen peleando con las piraguas para poder salir hacia el mar, mientras Jorge está a lo suyo, llegando al encuentro de donde empezó como si con él no fuera el mal tiempo y las adversidades. Nos ha dejado tan perplejos su destreza que sin darnos cuenta hemos invadido el pasillo de acceso en la arena por donde los socorristas tienen que intercambiar de material, y la jueza de competición nos llama la atención por eso. Y llega el siguiente momento, la parte de carrera con tabla, la tabla rosa que tanto le gusta y con la que se mete en el agua poniéndose de rodillas sobre ella para, justo antes de que lo devore la primera ola, tumbarse de cuerpo entero y salir impulsado hacia dentro, evitando así lo contrario, ser expulsado hacia la arena. Y vuelta otra vez a sortear las boyas en solitario y regresar a la orilla surfeando. Es una maravilla verlo y suenan los primeros aplausos entre el escaso público que allí estamos.

Tras otra carrera de transición, Jorge afronta el último reto: la parte de nado. Quienes no estén familiarizados con este deporte, cabe recordarles que la Federación permite el uso de neopreno cuando la temperatura del agua es inferior a quince grados centígrados. Y ese día lo ha permitido. Estamos en abril, en las Rías Baixas, y no conozco aguas más gélidas en toda España. Y ahí está Jorge, con su bañador slip, después de disputar la parte de ski y de tabla como si no las hubiera hecho, con media sonrisa en su cara y la otra media con la determinación de quien está haciendo bien las cosas. Y se mete en el agua casi como vino al mundo. En un momento dado al inicio se levanta para hacer pie, y justo cuando la primera ola le va a golpear su cuerpo, rápidamente se revuelve y entra sumergido en la base de aquélla para aparecer por detrás de la misma y seguir otra vez hacia las boyas en solitario. Es increíble. Qué fácil lo hace, pero qué difícil me resultaría a mí, o tal vez imposible.

Los que estamos asistiendo a esta lección deportiva, que en los tres pases en que Jorge ha estado en el agua durante la prueba hemos perdido en algunos momentos la referencia visual de lo que hacía por la interposición de las olas, nos agolpamos ahora pegaditos al pasillo de la arena para aplaudirse a su paso cuando corre hacia la cámara de llegada. Es el triunfo de la voluntad, un ejemplo a seguir. Este chico ha aunado en sí todo lo que tiene un campeón: condiciones, espíritu, disciplina, ganas. Entre nosotros callamos porque todo ha sido dicho ya. La jornada termina, recogemos el material y guardamos silencio hasta casa, sin mediar palabra entre nosotros porque ninguno quiere interrumpir el pensamiento de este momento memorable, esta tarde de Jorge.

Los hechos narrados, verídicos, se refieren a la segunda jornada de liga celebrada en abril de 2015. Lugar de la competición: la playa de Silgar en Sanxenxo. Mis ojos no han vuelto a ver una competición así, aunque otros chicos del club han realizado exhibiciones tan buenas como las vividas ese día con Jorge Bautista. Así, Alex Peña en el campeonato de España en Laxe en 2016; Jorge Calvo, José María Villaverde y Anxo López el año pasado en el campeonato gallego; y por lo que cuentan, Sara Iglesias, Uxía Amoedo y Uxía Bethencourt este año también el campeonato gallego. Sin ánimo de ser pretencioso, ni por supuesto de quitarles mérito a ninguno, creo que todos ellos son tributarios de esa tarde memorable.

Por lo tanto nunca más pasearemos hasta las altas horas de la noche, aunque el corazón siga enamorado y aunque siga brillando la luna…” (Ray Bradbury, “Crónicas Marcianas”).

About Luis Olavarrieta Castillo

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